jueves, 27 de agosto de 2015

CARLOS ARTIACH ORAA






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Ya he contado en varias ocasiones que mi vida es una vida viva como diría Frida Kalho; "¡Viva la vida viva!".
Pues bien, eso significa que ha habido de todo, miserias y grandezas, como en las vidas de todos los que somos uno mas de la fila.

Me casé con 19 años, casi recién salida de internados de monjas y encontré a mi príncipe azul, mas bien me encontró él a mi porque ya estaba esperándome, no tuve tiempo ni para mirar a otro lado.

A los 23 años tenía tres hijos a los que adoraba pero me sentía tan desbordada, tan agobiada, nerviosa, incapacitada, fuera de contexto... yo quería salir y entrar, no quería responsabilidades, no sabía hacer nada, quería dormir por la noche, enfín, me pegué un susto morrocotudo y se me puso cara de pasmada.

Pero la vida me empujaba y a trancas y a barrancas seguí adelante como pude.


Mi matrimonio tampoco funcionaba, yo no tenía vocación de nada de lo que hacía, ni de casada, ni de madre, ni de ama de casa, yo solo quería divertirme y me encontré con un marrón que soporté como pude.

Un día fuimos a la playa toda la familia y una ola se llevó a varios niños.
Me metí, gracias a Dios me habían enseñado a nadar bien y me encontré con un niño, lo saqué, se lo di a mi exmarido que estaba detrás de mi, seguí nadando, encontré otro niño, volví a dárselo a mi exmarido y seguí nadando pero ya mi hijo había desaparecido.

Esta es la historia que cambió mi vida.

Al día siguiente apareció su cuerpo; yo no quise verlo.

En unos minutos mi vida cambió.

He hecho muchas terapias para recuperarme pero la herida sigue abierta. Me niego a cerrarla, es lo único que me queda de él.

Lo acepto, acepto lo que hice porque no lo hice yo, fue algo que me salió de dentro.

Desde luego el complejo de imbécil no me lo quita nadie.












music:  The Whistler Jethro Tull




























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